Cada mañana cuando me monto en el bus que me lleva a la universidad las probabilidades de encontrarme a una mujer detrás del volante son altas. No es raro ver a una de ellas, entrada en sus 30, conduciendo un automotor de servicio público para abrirse paso en mega avenidas de 10 carriles como la I-95. Tampoco es extraño verlas como integrantes de las cuadrillas de mantenimiento que cambian constantemente el asfalto.
No hay que extrañarse si en pleno verano usan bikinis para tomar el sol dejando de lado la forma del cuerpo y la edad. En julio pasado, vi a un grupo con uno que otro kilo de más. A diferencia de lo que les hubiera pasado en Colombia, no fueron miradas con desdén ni despertaron un runrún de críticas al pasar. Por lo menos eso percibí tras ver a los bañistas muy metidos en lo suyo.