31 de octubre de 2009

Pero, ¿Si ha habido recesión en Estados Unidos?

Como si se tratara de un estribillo de obligatoria pronunciación, una y otra vez les he escuchado decir a quienes viven aquí, en Estados Unidos, que la crisis les ha cambiado la vida. Desde septiembre de 2008, la palabra recesión no ha dejado de protagonizar las conversaciones de inversionistas, políticos, economistas y ciudadanos que perdieron su empleo o se vieron obligados a reorganizar su presupuesto. Con el desplome de Lehman Brothers, la banca de inversión más importante de este país, Wall Street también cayó y, como en efecto dominó, los mercados del mundo comenzaron a desmoronarse.

Cuando los escucho hablando de lo duro que les está pegando la recesión, o veo los especiales televisivos de CNN, o leo los reportes que hacen los medios escritos sobre lo que es “vivir con menos”, me es inevitable preguntarme cómo sería el estilo de vida que tenían hace unos años, cuando la palabra austeridad sólo le pasaba por la mente a unos pocos.



Por eso la noticia dada a conocer esta semana les ha devuelto la sonrisa a muchos de los habitantes de ésta, la tierra del Tío Sam. Tal como lo dijo el Departamento del Comercio, el Producto Interno Bruto del último trimestre creció 3,5%. Con este repunte, los medios de comunicación aseguraron que Estados Unidos está dejando atrás los meses más grises para emprender así el camino hacia su acostumbrada posición dominante en el escenario internacional.

Pese al optimismo que ha acompañado a esta buena nueva, las dudas siguen latentes. ¿Qué tan sostenible será el crecimiento en los meses venideros? Es el interrogante de fondo de todo este asunto. Especialmente, cuando programas impulsados por el gobierno como Dinero por chatarras (Cash for clunkers), para reactivar la industria automotriz, o las atractivas ofertas para los compradores de casa por primera vez, son los principales soportes del renacimiento económico.

Septiembre es, sin duda, el mes de la mala suerte norteamericana. Solo basta con recordar lo ocurrido, también en Nueva York, en 2001. Si de ser supersticiosa se trata, podría decir que una sombra se posa durante 30 días en el calendario de esta sociedad.

También en septiembre, hace menos de un mes, el Departamento del Trabajo dijo que la economía seguía siendo débil. Los números en rojo obligaron a las empresas a despedir a 263.000 trabajadores, tal como lo reportó The New York Times. La tasa de desempleo llegó al 9,8% en aquel momento. De allí que este año la gratitud por tener dónde laborar haya primado durante el Día del Trabajo.

Por eso, el ambiente de escepticismo que se respira en ciertos círculos continúa teniendo asidero. En Twitter, por ejemplo, las reacciones no se hicieron esperar: algunos le dieron crédito a la noticia mientras que otros sencillamente la refutaron de tajo.

1.@NaeNae09876: IS THE RECESION OVER??? I THINK ITS ALMOST
(¿Se acabó la recesión? Creo que ya casi)

2.@PeteSKR: BOO! The recesion is over. Now what!?
(La recesión terminó, ¿y ahora qué?)

3.@bigbucks198: the recesion is not over!
(La recesión no termina)

Es innegable que miles de quienes viven aquí perdieron sus casas por no pagar a tiempo las hipotecas, que muchos debieron conseguir nuevos trabajos y que otros han vuelto al college, impulsados por el gobierno, en busca de una nueva opción de vida. Sin embargo, me llama la atención que durante los fines de semana la crisis, o recesión, pareciera ceder un poco. Especialmente, cuando al dar una vuelta por un centro comercial los continúo viendo atiborrados de compradores con muchas bolsas que tienen en la tarjeta de crédito su mejor amiga.

También es cierto que la mayor parte del tiempo he vivido en una sociedad como la barranquillera, que lucha diariamente por hacerle buena cara a la miseria, donde la mayoría debe decidir entre el almuerzo, la cena y el desayuno, y en la que una tarjeta de crédito con un cupo de relativo poder adquisitivo es un privilegio.

Entonces, recuerdo que pese a la crisis, la cotidianidad norteamericana sigue siendo la de una sociedad desarrollada que siempre ha estado acostumbrada a comprar libros, a asistir a eventos culturales, a viajar al exterior, a comer regularmente en buenos restaurantes y a tener carro. Y dígase también, a los lujos, extravagancias y excesos.

De allí que lo que a una barranquillera como yo le puede parecer accesorio, al norteamericano promedio, de clase media, le parece una necesidad —y muy básica—. Así de simple: ellos siempre han vivido llenos de oportunidades mientras nosotros, los habitantes de los países en vía de desarrollo, nos abrimos paso en la vida buscando esas oportunidades. He allí la gran diferencia entre el primer y el tercer mundo.





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2 comentarios:

Heidy Fontalvo dijo...

En ciudades como Barranquilla a diario vemos la miseria en las calles, llenas de niños muertos de hambre, drogadictos, familias desplazadas, buscando comida en las bolsas de basura de las casas de los estratos altos de la ciudad. Aqui mismo el despilfarro es un hecho, no hay que irse a Estados Unidos para darse cuenta, simplemente visiten los centros comerciales y restaurantes del Norte, llenos de gente comprando, o deténganse un rato en una calle en donde observarán la cantidad de automóviles BMW, Audi y Mercedes Benz. Este tema es más de crear conciencia en los que mas tienen y le sobra, hacia una actitud de compartir, de ser solidario, de ayudar a los menos favorecidos a contar con una comida digna, servicios de salud y educación, pero no, no les interesa, la avaricia es más fuerte, así que hacia donde vamos, es un hecho, destrucción del planeta y de los seres humanos.

Tatta Velásquez dijo...

Heidy tienes toda la razón. Somos una sociedad en vía de desarrollo donde los pocos que mucho tienen, desafortunadamente, hacen casi nada para ayudar a los menos favorecidos.

Si tuviéramos a nuestro alcance más oportunidades fuéramos una sociedad con mejores condiciones: necesidades básicas resultas y un sistema educativo más incluyente que nos haría más competitivos en la esfera global.

Un abrazo
Tatiana